Hay diagnósticos que siempre son un mazazo y el de alzhéimer es uno de los más terribles.Pero así como el cáncer o el sida, enfermedades en otro tiempo también malditas, se han beneficiado de que pacientes ilustres tuvieran la valentía de salir a la palestra con su dolencia como estandarte, el alzhéimer necesita también quien lo hiciera.
Pasqual Maragall ha decidido tomar esta antorcha. Lejos de quedar postrado ante la perspectiva de perderse a sí mismo en el agujero negro del olvido, el ex presidente de la Generalitat se ha convertido en el paradigma de un nuevo tipo de paciente que no se resigna a esperar que la enfermedad siga su curso. "En ningún sitio está escrito que no se pueda vencer", asegura con vehemencia.
Pero ¿qué pueden esperar hoy los enfermos que, como Maragall, acaban de recibir el diagnóstico. "Mucho, muchísimo", dice la neuróloga e investigadora Teresa Gómez Isla, jefa de seción de la Unidad de Memoria del hospital de Sant Pau. Gómez Isla colabora en varias investigaciones del Massachussets General Hospital de Boston, donde se formó y donde Maragall fue diagnosticado hace unos meses. El primer paso es instaurar un tratamiento. "Disponemos de cuatro fármacos que pueden mantener estables los síntomas durante cierto tiempo en un buen número de pacientes", dice.